La lucha de las mujeres en contra de la opresión

En los 13 años que he dedicado a la defensa de los animales he conocido personas maravillosas: aquellas que han abandonado sus carreras en el mundo corporativo para dedicarse al rescate de animales de compañía; las que después de una semana de trabajo sirven como voluntarias en jornadas de adopción de perros y gatos; otras que han convertido sus casas en albergues temporales de animales a quienes les devuelven la salud con los mejores cuidados; y muchas que, sin tiempo suficiente para hacer alguna de estas cosas, apoyan la causa animal financieramente. Muchas de estas personas son mujeres.

La presencia de la mujer en el trabajo por el bienestar y los derechos de los animales no sólo se limita a los animales de compañía. También en las organizaciones enfocadas en los animales explotados como alimento es innegable el rol de las mujeres. Atribuir este fenómeno a la “sensibilidad femenina” como algunos lo han hecho, no le hace justicia a la lucha de las mujeres por proteger de la crueldad a quienes no pueden defenderse por sí mismos. Para quienes somos parte del movimiento animalista es claro que nuestro empeño por ubicar a los animales dentro de la esfera del respeto es el mismo que ha motivado a miles de mujeres en otros momentos de la historia a luchar por sus derechos y los de otros grupos avasallados por el poder.


La presencia de las mujeres en las organizaciones defensoras de animales cobra un significa especial cuando se trata de aliviar el sufrimiento de los animales explotados como alimento. Si bien en la industria de la carne, los lácteos y los huevos todos los animales, hembras y machos, padecen condiciones de abuso, son las gallinas, las cerdas y las vacas quienes son usadas día a día para perpetuar las ganancias de este sector económico.

Por ejemplo, millones de gallinas explotadas para poner huevos están confinadas en jaulas en batería en las que no pueden ni siquiera extender las alas. La fisiología de estas aves es alterada para que produzcan muchos más huevos de lo que harían en condiciones naturales. Y cuando su cuerpo ya no puede producir al ritmo esperado por la industria, al cabo de tan sólo una fracción de lo que habría sido su vida fuera de una granja industrial, son asesinadas.


Las vacas son inseminadas a la fuerza y obligadas a permanecer por años en un ciclo constante de embarazo, parto y lactancia. Pero, a diferencia de las mujeres que tienen la oportunidad de amamantar y cuidar a sus hijos, las vacas en la industria lechera sólo están con sus bebés unas pocas horas después de su nacimiento. Las terneras son sometidas al mismo ciclo de explotación que sus madres y los terneros son asesinados para obtener carne. Y esto sucede para que las granjas puedan obtener la leche que, en condiciones naturales, las vacas mamás habrían destinado a nutrir a sus bebés.

Finalmente, en la industria de la carne de cerdo, las cerdas son tratadas como máquinas reproductoras y confinadas en jaulas de gestación en las que ni siquiera pueden darse la vuelta. Y, cuando dan a luz, la única interacción que pueden tener con sus bebés es a través de los barrotes de la jaula que las separa de ellos.


Después de saber cómo se manipula el sistema reproductivo de las gallinas, las cerdas y las vacas en las granjas industriales, entendí que aquello de la “sensibilidad femenina” en el movimiento de la defensa de los animales iba mucho más allá de conmoverse con el dolor de los otros. Ser mujeres, tristemente, ha hecho que nos convirtamos en blanco de trágicas situaciones que se han vuelto noticia cotidiana en nuestro país en los últimos años. Ante ésta y otras inequidades, las mujeres no hemos guardado silencio. Y, así como nos duele profundamente y nos indigna cada vez que el grito de “ni una más” no es escuchado, quienes nos dedicamos a la defensa de los animales sentimos que es nuestra responsabilidad pronunciarnos en contra de la crueldad y la injusticia, sin importar la especie de las víctimas.

Que buena parte de quienes hemos respondido a este llamado seamos mujeres, no significa que no haya hombres que compartan esta vocación. Yo me he encontrado con varios de ellos a lo largo de los años y tengo la fortuna de trabajar con algunos de ellos actualmente. Toda mi gratitud para estos hombres valientes que han decidido redefinir la masculinidad como sinónimo de equidad y respeto. Más como ellos son bienvenidos.

Entre tanto, como representantes de un género cuyos derechos han sido y continúan siendo atropellados, no podemos quedarnos calladas ante la opresión. Que no nos importe la especie de aquellos que sufren. Y que, desde el lugar en el que la vida nos ha puesto, entendamos que es nuestro deber como mujeres, amigas, hermanas, esposas y madres, contribuir a la construcción de un mundo en el que los derechos de todos sean respetados.

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*Este artículo fue originalmente publicado en el número 50 de la revista BCM Woman.