Si en tu niñez hubieras sabido de dónde venía la carne, ¿la habrías comido?

Cuando era niña, fui a una escuela católica que enseñaba desde preescolar hasta octavo grado. Veía con envidia cómo mis amigos que iban a escuelas públicas tenían graduaciones al finalizar prescolar y quinto grado. Así que cuando tuve mi graduación de octavo grado, quise involucrarme lo más posible.

Cuando mi maestro solicitó voluntarios para el comité del anuario, me apresuré a añadir mi nombre. Como comité, discutimos sobre a quién le dedicaríamos el anuario, qué fotos de eventos incluiríamos y cómo mostraríamos quiénes éramos como personas.

A tres de mis amigos y yo nos dieron la tarea de asignar las canciones que mejor les encajaban a los compañeros de clase y maestros, mientras que otro grupo tenía la tarea de imaginar lo que nuestros compañeros de octavo grado seguirían como carrera. Al estar en las reuniones con ese grupo, pude ver lo que pensaban que sería yo cuando fuera mayor.

Me sorprendió que me dijeran que me convertiría en una activista por los derechos de los animales.

Siempre había amado a los animales hasta el punto de quedarme dormida con el mismo libro sobre orcas en mis manos casi todas las noches. Pero nunca pensé que sería etiquetada como una "activista por los derechos de los animales", no a los 13 años de edad.

Mi padre creció tras los telones de los circos Ringling Bros. y Barnum & Bailey, donde mis tías abuelas eran famosas trapecistas. Recuerdo haber asistido al circo en Long Island, ver a los manifestantes afuera y preguntarle a mi papá por qué estaban allí.

"Ellos piensan que el circo abusa de los animales", dijo. "Esta gente está loca."

Así que cuando me dijeron que iba a ser una activista por los derechos de los animales, me enfadé. No quería ser etiquetada de "loca" y me dolía que pensaran eso de mí.

Cinco años más tarde fui a mi primera protesta en contra del circo y me convertí en vegana poco después. Ahora, casi 14 años después de mi graduación de octavo grado, paso mis horas en Mercy For Animals luchando para acabar con la crueldad animal. Y no estamos locos por pelear para extender la compasión a todos los seres.

He visto muchos videos donde, al enterarse de que lo que comieron fue un animal, los niños lloran dramáticamente y desean no haberlo hecho.

Observa cómo esta niña explica que no quiere que la gente "pique a los animales".


Éste es sólo uno de muchos videos de niños que se niegan a comer carne cuando saben que un animal murió. Nacemos con compasión, pero en algún momento del camino la sociedad nos moldea para ajustarnos a su agenda. Los anuncios de las principales firmas de productos alimenticios promueven sus opciones "amigables con los niños". Y los niños, al ser impresionables, se enganchan fácilmente con la comida que es además un juguete. Esta estrategia de mercadeo crea consumidores de por vida de productos como los nuggets de carne de gallina (los anuncios siempre muestran a los niños comiéndolos) y las hamburguesas.

Cuando era niña, era naturalmente compasiva y no quería hacerle daño a nadie, pero comía carne porque era lo que mis padres me decían que hiciera. Incluso cuando comía carne, todavía pensaba que era compasiva ya que adoptaba animales, salvaba a los animales sin hogar y recogía a los animales perdidos y los devolvía a sus guardianes. No me daba cuenta de que el perro con el que compartía mi casa habría sido la cena de alguien si fuese una gallina.

La sociedad hace difícil nuestra compasión al normalizar la crueldad y la violencia en nuestro plato. Los animales en las granjas industriales padecen un infierno cada día. Luego son violentamente asesinados y su cuerpo es cortado y procesado ​​como productos de carne disponibles en los estantes de los supermercados. Si lo hubiera sabido cuando era niña, me habría negado a comer carne.

Lo que mis compañeros de clase de octavo grado vieron en mí, lo vi en mí años más tarde. Iba a ser una activista por los derechos de los animales. Iba a dedicar mi vida a luchar por los seres capaces de sentir y a quienes nadie representa. Aquí estoy. Y no me detendré hasta que todas las jaulas estén vacías.